miércoles, 9 de julio de 2014

La enfermedad del siglo: la depresión




Hno. Eduardo Flores, msp/ Inquietud Nueva

Cada vez estamos más cerca de que la famosa enfermedad del siglo XXI se convierta en una pandemia.  Ya en algunos lugares del mundo la depresión está considerada  como la segunda causa más frecuente de absentismo laboral.
Resulta un poco difícil comprender como es que la depresión aumente considerablemente, teniendo repercusiones graves en nuestra sociedad. Es contradictorio que se de este tipo de enfermedades en un mundo en el que casi todo es factible, todo está cerca de nuestro alcance. Con ello, fácilmente comprobamos que, por más bienes materiales que se tengan, éstos no dan la tranquilidad y la felicidad que nuestra vida reclama.

 Una de las primeras causas de la depresión se da justo cuando el hombre tiene que enfrentar los problemas de la vida, de la familia y del trabajo. Reaccionamos de una manera negativa cuando nos damos cuenta de que no todo depende de nuestro poseer y de nuestros deseos. Y si a esto le añadimos la imagen que tenemos de nosotros  mismos “que en ciertos casos no es la mejor”, claro que se corre el riesgo de verlo todo de una manera pesimista. Como primer paso para ahuyentar la depresión tenemos que aceptar que no siempre podemos ser el mejor, el más bello, el más inteligente; es decir, debemos reconciliarnos con nuestra realidad.

 Otra cosa por la cual el ser humano experimenta esta enfermedad es por lo que los psicólogos llaman «La patología del sufrimiento humano», es decir, el experimentar negativamente la tristeza y el sufrimiento. Son emociones que no nos gusta vivir <estamos orientados al bien, al gozo>, y muchas veces provocan un estancamiento espiritual, y no la purificación de que habla la espiritualidad cristiana.

 La «decadencia» de la familia es otra de las causas de que una persona padezca depresión. Poco a poco el ser humano, sintiéndose autónomo, pierde los vínculos familiares; vínculos que no sólo le permiten tener estabilidad social, sino le aseguran la estabilidad emocional.

Comúnmente una persona depresiva es la que anda por el mundo como con los ojos nublados: no ve la belleza que hay en su entorno; son ojos que únicamente ven el exterior de las personas  y las cosas, pero no se atreven a mirar el corazón. No les interesa lo que ven.

Anselm Grün uno de los más grandes autores espirituales de nuestro tiempo, propone como un ejemplo típico de depresión el caso del ciego al que llevan ante Jesús y le piden que lo sane (cf. Marcos 8,22-26). Es lo común entre los deprimidos que no sienten fuerzas para andar por sí mismos. Jesús toma la iniciativa y hace al ciego lo que instintivamente haría una madre con el hijo que se golpea: le pone saliva en las heridas, le trata con amor <para que ya no le duela más>. Es un acto muy íntimo el que hace Jesús.

A una persona depresiva no se le puede decir simplemente: «levanta tus ojos, no bajes más la vista». Se le habla con aproximaciones y calidez, y se le trata con ternura y compasión; no la compasión de la pena, sino la de la comunión. La curación comienza con la mirada: cuando el depresivo comienza a levantar la vista no desea que nadie lo condene (Juan 8,10), sino experimentar la cercanía de los demás.

Jesús propone la curación del ciego desde lo que algunos autores han llamado la escuela de los ojos:

Alzar la vista. Levantar la vista, haga que mi horizonte sea más profundo, más amplio, para que en medio de la desolación y de la oscuridad, pueda ver la luz que me rodea. La alegría no puede ser resultado del no ver, pero sí es posible levantar los ojos al cielo y sentir la mano protectora del Padre.

Penetración con la mirada. Tenemos que aprender a ver detrás de la oscuridad que hay dentro de nosotros. Aunque todo dentro sea caos; y ahí, en ese fondo, reconocer el sitio en el que está Dios. Ahí es donde todo ser humano tiene amor, paz y tranquilidad. Esto es lo que en la vida espiritual se llama contemplación.

Mira el interior. Una vez que hemos mirado el fondo, todo lo que nos hace daño, estaremos en posibilidad de mirar también nuestro corazón, mirar la confianza y la luz, amor y esperanza y, sobre todo, un profundo anhelo por Dios, es decir, un anhelo de curación. Al entrar en contacto con Dios entramos en contacto con la libertad.

«No te entregues a la tristeza,

ni te atormentes con

tus pensamientos.

La alegría del corazón

 es la vida del hombre»

(Eclo 30,21-22)

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