sábado, 21 de junio de 2014

Alegría en la vida diaria





Lic. Rebeca Reynaud/ Inquietud Nueva

El mejor modo de servir a Dios es con alegría  Si hay algo de negativismo en nuestra vida, es señal de no estar en el camino adecuado. Hay almas que se que quejan continuamente; eso supone no comprender la Encarnación del Hijo de Dios. Dios da una alegría que no da el mundo.

Jesucristo nos enseña: «En el mundo tendréis tribulaciones pero yo he vencido al mundo». Estamos con Él. Ése es el secreto de la alegría. Si no estoy contento, ¿estoy realmente con Él?

Refiriéndose a los cristianos, Paul Claudel decía: «enséñales que su única obligación es la alegría», porque un testimonio dado con amargura, no sirve.



Si estamos tristes y nos preguntamos ¿por qué? Encontraremos siempre un foco de soberbia. A veces estamos atados a faltas de fraternidad  a egoísmos o rencores. La solución a muchas faltas de fraternidad es la corrección fraterna, pero no la hacemos quizás por comodidad o por cobardía. Hay que dejar que Dios nos desate.

En el siglo XXI Stephan Covey dice algo parecido: «el 10% de la vida está relacionada con lo que te pasa; el 90% con la forma en como reaccionas». A veces puede haber desánimo porque las cosas no salieron como querías, porque la enfermedad nos hace sufrir, porque nos invade la debilidad física o moral. Entonces, cuando falta humildad la carga se nos hace insoportable.

Cicerón escribió e el año 45 a.C.: «Nadie envejece sólo por vivir un numero de años; la gente envejece al abandonar sus ideales; los años arrugan el rostro, pero perder el entusiasmo arruga el alma».

Hay que aprender a alegrarse con sencillez de las innumerables ocasiones de dicha que el Creador ha puesto en nuestro camino: las maravillas del universo, la amistad, las virtudes de los demás, la satisfacción del trabajo bien hecho, la alegría del sacrificio…

Hay que experimentar que Dios nos ama, que está cerca. ¡Qué importante es dejarnos acariciar por Dios! Paladear lo que es estar con Dios, lo que es nuestra vocación. El Señor quiere que estemos contentos. Razones para quejarse hay abundantes, pero cristianos tenemos una razón para estar contentos: que Dios está con nosotros. «Alegraos en el Señor», dice san Pablo, «alegraos». La alegría es el factor que integra lo demás.

Hay tristeza en el que tiene avaricia o envidia, si la hay, hay que descubrirla porque sin alegría no se puede vivir. «Si cortas de raíz cualquier asomo de envidia, y si te gozas sinceramente con los éxitos de los demás, no perderás la alegría». (Surco, n. 93)

Alguien puede pensar: «No soy feliz porque no hago lo que quiero…». Apostarle a algo más alto. Enamorarnos de lo que nos debemos de enamorar. A veces vamos en busca de la solución de nuestros problemas y dejamos en segundo lugar la fe y la confianza en Dios. Aprendamos de la Virgen María quien vivió la alegría mas grande al confiar plenamente en Dios que puede vivir una criatura; ella nos guiará a la intimidad con su Hijo.

«Hay que aprender a alegrarse con sencillez de las innumerables ocasiones de dicha que el Creador ha puesto en nuestro camino»

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