lunes, 2 de junio de 2014

El semáforo de tu vida


P. Juan José Juárez, msp/ Inquietud Nueva

Dios nos ha dado a todos un semáforo que se llama conciencia, y tiene diferentes colores. Uno de ellos se llama libertad, otro, responsabilidad y otro más, amor.
De modo que no hay libertad sin responsabilidad y sin amor, es decir, que cada acción que realizamos lleva, previamente a ella, una intención que se forma en el corazón, o sea, en la conciencia. Dios es «luz verde», por todo lo que se hace por Él, es siempre bueno y lleva a la felicidad.




Cuando el semáforo está en verde las acciones que voy a realizar no son inconvenientes para mi vida, ni para la vida de los demás, es decir, no son malas porque no hacen daño a nadie: esto sí que le agrada al Señor. Eso significa tener paz. Cuando no denigro mi dignidad como ser humano -buen uso de la libertad, con responsabilidad y por amor-, cuando respeto la dignidad de los demás y cuando deseo agradar a Dios siempre. Esto es el resultado de dejarse iluminar en las profundidades de la conciencia por el Espíritu Santo, san Pablo nos dirá: «...todos los que son guiados por el Espíritu Santo son hijos de Dios...» (Rm 8,14) Por eso como hijos del Todopoderoso, tenemos una condición de bondad, de ahí venimos. No somos creación del mal, sino del Bien, por eso cuando hacemos el bien, pues nos sentimos bien.

A veces sentimos que debemos caminar mas despacio, es decir, pensar más en lo que vamos a hacer, porque en nuestra conciencia hay algo que no está bien y nos está diciendo: «¡Cuidado! Acción probablemente peligrosa». Por ejemplo, juntarse con alguien que consume drogas, que tiene fama de que le gusta el alcohol, o que tiene inclinaciones sexuales incontrolables... Mi conciencia me dice que debo tener mucho cuidado. Entonces es muy importante discernir, o sea, pensar una y otra vez si es o no conveniente la acción que voy a realizar. Y si hubiera duda de la bondad o la maldad de una acción, mejor no hacerla, o pensar muy bien, dos o mas veces para encontrar la verdad, preguntar a otras personas, amigos, los papás, hermanos. Si aún así no se si es bueno o malo, pero lo tengo que hacer, puedo realizar la acción, pensando siempre en hacer el bien y por el bien. Esto es como si la conciencia se pusiera en amarillo, y en ese momento hay algunos que aceleran sus acciones, sin pensar que pueden hacerse o hacer daño a otros. Se «dejan llevar» por sus instintos, impulsos, malos deseos, pero no por su limpia conciencia.

Cuando el semáforo esta en rojo significa alto. No se debe seguir. Debes parar porque puedes provocar un accidente, y puedes dañarte o dañar a alguien. Nuestra conciencia es muy sensible, y cuando hay una acción que no es conveniente, mejor no realizarla. Sin embargo, al ponerse en rojo, la conciencia tiene grandes contrincantes: nuestros gustos, nuestros sentimientos, etc. En las luchas de la conciencia se sigue escuchando la voz de la serpiente: «no le hagas caso a Dios, no morirás, prueba del árbol prohibido que esta delicioso» (cf. Gn 3,4).

Muchos jóvenes ya no razonan, no disciernen, no piensan, se han dejado vencer por sus gustos o sentimientos caprichosos, y dicen: «esto me gusta, lo hago»; «se siente bien»; «gocemos sin limites». Expresiones que muestran jóvenes cada vez más débiles, que pierden en un momento la dignidad. Van matando su conciencia, que ya es «como un semáforo sin luz roja en alguna avenida de San José». Sería un caos de muerte. Es una pena que vidas de jóvenes, muy prometedoras en todos los sentidos, se echaran a perder sólo porque se «dejaron llevar».

Sin afán de ser pesimistas, aun algunos jóvenes que asisten a los grupos de la Iglesia batallan para superar el ambiente de permisivismo. Por eso, desde las familias, urge formar jóvenes con carácter, con coraje para enfrentar un mundo con semáforos descompuestos, sin luces que guíen las acciones. Urge una revolución del corazón joven, urge una revolución y limpieza de nuestra conciencia. La llamada nos la hace el Señor: primero como le dijo al hijo de la viuda de Naím: «Joven a ti te lo digo, levántate» (Lc. 7, 14). Y luego, para no seguir en algo que nos conduce a la muerte, Jesús nos recuerda que nuestro origen es la vida y el amor, y nuestro destino también. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). La decisión es tuya. Haz caso a tu semáforo y vivirás.


«Acuerdate de tu creador ahora que eres joven»  Eclo 12, 1

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